Sic semper tyrannis.
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«Así siempre a los tiranos». Esta frase, atribuida apócrifamente a Bruto mientras apuñalaba a Julio César en el 44 antes de Cristo, describe cómo hay que tratar a dictadores, reyezuelos y otras gentes que abusan de su poder: con violencia hasta deponerlos.
Este fin de semana DHH¹, montó una fundación para desarrollar Omarchy, y de paso abrió un melón y advirtió del peligro que suponen los códigos de conducta empresariales surgidos del wokismo.
Se lió parda, claro.
He dicho que los CoC surgieron con el wokismo pero es un error. No surgieron, sino que se multiplicaron. Las empresas en las que tenías que tener mucho cuidado con lo que decías y con el tono en que lo decías (algún día contaré la historia de cuando me echaron la bronca en Amazon por decir una cosa con un poco de amaneramiento…) ya existían, pero durante el wokismo se vieron envalentonadas por el zeitgeist existente y llegaron a su cenit.
Yo he tenido las suertes (la buena y la mala) de trabajar en ambos tipos de empresas: en las que puedes ser tú mismo y expresarte en libertad, y en las que tienes que medir cada palabra que dices a ver a quién vas a ofender ahora. Puedo decir, sin temor a equivocarme, que se vive mejor y se trabaja más a gusto en las primeras. No hace falta ser lo que ahora se llama «fascista» —aunque los que lo dicen no tengan ni pajolera idea de lo que es el fascismo²— para disfrutar de la libertad de expresión; todas las ideologías pueden disfrutar de ella, incluso las que quieren suprimirla.
Quizás sea necesario explicar un poco qué significa la libertad de expresión. En la tradición iusnaturalista se enmarca dentro de los conocidos como «derechos naturales». Se trata de unos derechos tan inherentes al ser humano y tan indisponibles para el poder —la vida, la libertad, la libre expresión, la seguridad, la propiedad…— que no necesitan ser recogidos por un ordenamiento jurídico para existir y, no obstante, todos los ordenamientos jurídicos que se las den de tales los recogen explícitamente. Sin ellos no hay sociedad que valga.
La libertad de expresión es el principio que permite a un individuo hablar, escribir, opinar, crear… con libertad, sin miedo a represalias ni censuras. No hace falta que un papel lo recoja para que exista, pero merece la pena leer cómo lo formula la Declaración de Derechos Humanos de la ONU, el papel sobre este tema que más consenso ha reunido nunca. Repárese en que se llama Declaración y no Ley: su preámbulo no habla de conceder nada, sino de reconocer unos derechos que considera preexistentes, y su artículo primero dice que los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos. Nacen. No se les otorga al firmar. Su artículo 19 dice así: «Toda persona tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye la libertad de mantener opiniones sin interferencia y de buscar, recibir y difundir información e ideas a través de cualquier medio de comunicación e independientemente de las fronteras, ya sea oralmente, por escrito o impreso, en forma de arte o por cualquier otro medio de su elección».
En resumen, el Estado no debería poder encarcelarme por sostener y expresar una opinión.
En una sociedad normal, yo debería poder afirmar sin miedo a represalias que creo que todos los profesores de una universidad deberían ser contratados y evaluados conforme a sus méritos y sus capacidades —independientemente de su sexo, credo o color de piel—, sin temor a ser encarcelado³.
¿Significa esto que puedo afirmar falsamente que Fulánez es un estafador sin miedo a represalias? No, pero no porque la libertad de expresión se detenga ahí, sino porque nunca llegó hasta ahí. El derecho no ampara la comunicación a secas, sino la comunicación veraz, y no porque alguien lo haya decidido así, sino porque sin ese requisito el derecho se devora a sí mismo. Si defendemos la libre expresión es porque nadie —ni el Estado, ni el jefe, ni la mayoría— tiene la verdad de antemano, y el único método que hemos encontrado para acercarnos a ella es dejar que las afirmaciones choquen en público. Quien miente a sabiendas no participa en ese método: lo parasita. Se apoya en la credibilidad que el método genera para introducir en él exactamente aquello que el método existe para expulsar.
Y, si la comunicación ha de ser veraz, no necesita ser cierta. Si el requisito fuese acertar, nadie podría hablar hasta estar seguro, y la seguridad es rarísima; el derecho quedaría reducido a repetir lo ya sabido, que es justo lo contrario de para lo que sirve. Veraz quiere decir contrastada con la diligencia que uno pueda permitirse: quien afirma de buena fe algo que luego resulta falso sigue amparado, y quien inventa a sabiendas —o a quien le da exactamente igual si es verdad— no lo estuvo nunca. Al llamar estafador a Fulánez sin pruebas no estoy ejerciendo mi libertad de expresión de más. No la estoy ejerciendo en absoluto.
Ahora bien, cuidado con esta manera de razonar, porque es la favorita de todo censor con oficio. Declarar que algo «no es realmente expresión» ahorra el trabajo de justificar por qué se prohíbe, y por eso el discurso incómodo se rebautiza sin cesar como desinformación, como violencia o como acoso. La diferencia está en quién decide. La mentira consciente queda fuera por algo que ocurre en la cabeza del que habla y que puede probarse o no probarse. Si dejásemos fuera lo que ofende, la frontera la trazaría el que escucha, y una frontera que traza el oyente no es una frontera: es un veto⁴.
Con las opiniones el asunto es distinto, porque una opinión no puede ser falsa: puede ser estúpida, infundada o repugnante, pero no falsa, y por eso no se le puede exigir veracidad. Su límite es otro y mucho más estrecho: el insulto que no transporta ninguna idea. La fórmula que se repite en casi todas las tradiciones jurídicas es la misma —no se ampara lo formalmente vejatorio e innecesario para exponer lo que se quiere exponer— y toda la sustancia está en la última palabra. Innecesario. Puedo sostener que la política de diversidad de mi empresa es una farsa que perjudica precisamente a quien dice proteger, y eso es una opinión durísima y protegida. Lo que no puedo es llamar cerdo a un compañero, porque llamarle cerdo no expone nada. Ahí está la diferencia entre un código de conducta que prohíbe ofender, que es censura, y uno que prohíbe insultar, que es urbanidad.
Naturalmente, una empresa no es el Estado. Una empresa es una organización privada y, por tanto, no rigen las mismas normas que en la sociedad pública. No obstante, una empresa se parece bastante a una sociedad en el sentido de que la gente querrá trabajar o vivir en las empresas y sociedades más libres, y se rebelará siempre contra aquellas sociedades o empresas en las que se coarten los derechos naturales de cualquier tipo; primero intentando cambiarlas y, si esto no es posible, abandonándolas.
Dicho sea de paso —y seguro que aquí hay debate—, en mi experiencia las empresas libres son más diversas, reina más la paz social y hay menos malos rollos. En las empresas dictatoriales la gente está pendiente de lo que dicen los demás y la delación está a la orden del día⁵.
Las empresas libres son, además, más civilizadas, porque cuando a la gente inteligente le das libertad suele regularse sola. En las empresas libres en las que he trabajado no se esquivan los temas complicados y se trolea sin parar, pero se hace sin malicia y, si al de enfrente le molesta algo, no se mantienen las mismas conversaciones a sus espaldas, sino que se debate —con educación y buen gusto— hasta que el tema no da más de sí.
Nada de esto obliga a nadie. El dueño de una empresa puede decidir qué se dice dentro de su empresa, y quien la dirige puede decidir quién sigue sentado a la mesa, igual que puede decidir a quién invita a cenar a su casa. Está en su derecho, no hay nada que reprocharle jurídicamente y quien pretenda lo contrario está pidiendo que el Estado se meta donde no le llaman. Pero tener derecho a hacer algo y que ese algo sea despreciable son dos cosas perfectamente compatibles, y la confusión entre ambas es el escondite favorito del cobarde: cuando alguien responde «estoy en mi derecho» a una crítica que no iba de derechos, lo que está diciendo es que no tiene nada mejor que decir.
Conviene mirar con lupa qué es exactamente lo que hace quien aparta a alguien por discrepar. No está protegiendo a nadie: los demás siguen ahí, adultos y perfectamente capaces de leer una opinión con la que no comulgan. No está manteniendo el orden: discrepar con educación no desordena nada. Lo que está haciendo es más simple y más pequeño. Está construyendo una habitación en la que todo lo que se oye le da la razón, y lo está haciendo con el único material que tiene a mano, que es el silencio de los demás. El resultado tiene un nombre casi steampunk: una cámara de eco. Y una cámara de eco es un sitio donde uno se vuelve tonto muy despacio y muy a gusto, porque nunca vuelve nada que no haya salido antes de su propia boca.
Lo peor no es lo que se ve, sino lo que deja de verse. Los que se quedan aprenden la lección enseguida —lo primero que se aprende en una habitación así es dónde está el borde—, y a partir de ahí no hace falta apartar a nadie más, porque nadie va a decir nada que merezca ser apartado. La empresa no se queda sin gente: se queda sin conversación. Y cuando el que manda mire a su alrededor y vea que todo el mundo está de acuerdo con él, se sentirá reconfortado, sin sospechar ni un segundo que el consenso que contempla lo fabricó él mismo a base de eliminar la parte que no le gustaba. Es la forma más cara que existe de tener razón: pagando con todo aquello que podría haberte hecho cambiar de opinión.
He trabajado en sitios así y no es una tragedia moral, es un problema de gestión. La única ventaja real que tiene una organización sobre un individuo es que dentro hay muchas cabezas, y esa ventaja se evapora en el instante en que las cabezas aprenden que discrepar sale caro. A partir de ahí se paga por veinte opiniones y se recibe una, repetida veinte veces con distinta letra. Los errores caros de las empresas rara vez son errores que nadie vio venir; casi siempre son errores que alguien vio venir y no dijo, o dijo una vez y aprendió a no repetir. El código de conducta que prohíbe incomodar no protege a los débiles: protege al que manda de tener que escuchar, y le pasa la facturita al cabo de dos años en forma de catástrofe que todo el mundo llevaba tiempo viendo llegar.
Conviene también quitarle solemnidad al asunto, porque el que censura suele creerse severo cuando en realidad se está retratando. No es valiente apartar a aquellos cuyo único delito fue no coincidir con quien tenía el poder de apartarlos. Es un gesto pequeño, y por eso mismo revelador: quien no aguanta que le lleven la contraria en una sala de reuniones tampoco va a aguantarlo en un comité de dirección, ni en un consejo, ni en ningún otro sitio donde importe de verdad. La intolerancia a la discrepancia no es una postura ideológica, es un rasgo de carácter, y nunca aparece sola. Sic semper tyrannis, aunque el tirano solo gobierne una planta de oficinas.
La libertad es una cosa curiosa: solo la apreciamos cuando la perdemos. Merece la pena dedicar un poco de tiempo todos los días a defenderla, a señalar los sitios en los que no existe y a reclamarla cuando se la quiere cercenar.
j.
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Notas:
¹ Para quien viva bajo una piedra, David Heinemeier Hansson (DHH) creó Ruby on Rails, y lo regaló. Fundó y dirige varias empresas rentables desde hace más de veinte años, algunas sin coger ni un céntimo de VCs. Escribe libros, que se venden por millones, y una columna que enfada a alguien casi cada semana. Y luego va y gana las 24 Horas de Le Mans, invierte en startups, y monta una distro de Linux facilona sobre Arch. Es lo que el Renacimiento llamaba un uomo universale —hombre universal, el que se niega a elegir un solo terreno— y lo que Maquiavelo llamaba virtù: no la virtud moral, sino la capacidad de imponerse a las circunstancias en vez de padecerlas. Nada de esto lo hace tener razón, pero explica, eso sí, por qué puede permitirse decir lo que piensa sin depender de que nadie se lo consienta. Casi nadie puede.
² Sorprendentement (o no?), aquellos que están todo el día llamando fascistas a los demás suelen ser los auténticos fascistas.
³ Esto no ocurre, por ejemplo, en el Reino Unido, donde si pones en Twitter que los hombres vestidos de mujeres no deberían participar en deportes de mujeres viene la policía a detenerte.
⁴ Aquí me viene a la cabeza lo que decía Quevedo. (El del Siglo de Oro, no el mamarracho que hay ahora):
No he de callar por más que con el dedo, ya tocando la boca o ya la frente, silencio avises o amenaces miedo (...)
⁵ Otros sitios donde la delación está a la orden del día: Cuba, Corea del Norte, Alemania del Este, los balcones durante el COVID... todo muy sano, sí señor.